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viernes, 4 de diciembre de 2015

Angel de la guarda, por Margarita Aizpuru

   

Elsa sostenía entre sus manos los anillos de su madre. Los apretaba mientras oía con la cabeza baja los regaños. De vez en cuando asentía, aceptando su culpa, pero no soltaba los anillos.

-Dámelos, Elsita, eres muy pequeña para usarlos.

La niña seguía con su actitud, en tanto su mamá volteaba hacía la cuna, donde el recién nacido empezaba a llorar reclamando alimento.

-Tu ángel de la guarda se va a poner triste. Esos anillos son míos y los tomaste sin permiso.

La pequeña abrió las manos, su mamá tomó los anillos, se los puso y corrió a calmar al bebé. Deseando ayudar, Elsa agarró el biberón con las manos sucias. El llanto del bebé se incrementó y cuando la señora vio a Elsa ofrecerle el biberón lleno de manchas de mugre, su paciencia llegó al límite.

-¡Lávate las manos inmediatamente y no vuelvas a tocar nada de tu hermano!

Elsa corrió al baño y se lavó las manos con agua. A sus escasos tres años, el jabón estaba muy alto y no tenía estatura suficiente para alcanzarlo. Sólo podía abrir el grifo y medio cerrarlo, dejando un pequeño hilillo de agua. Su cerebro comprendía solo una parte de lo que pasaba y últimamente todo estaba lleno de nuevas cosas: su hermano, la cuna, biberones y amenazas. Sobre todo lo último. Se imaginaba su ángel de la guarda a sus espaldas, llorando, enojado a veces. Otras, temía lo peor: que se enfermara, como su mamá, y se fuera unos días al hospital, donde le darían un nuevo niño para cuidar, y entonces ella quedaría sin ángel.

Durante la cena, Elsa había olvidado sus temores respecto al ángel y comía unas salchichas frente al televisor. Su mamá bañaba a su hermano. La niña se acostó temprano y se durmió inmediatamente.

En medio de la noche la despertó el fuerte aleteo de un pájaro grande y un golpe en la pared. Se levantó, fue hacia un gran perro de peluche colocado bajo la ventana y se subió en él. Corrió un poco la cortina y buscó al pájaro entre las ramas. No vio nada y regresó a la cama. Cerró los ojos y escuchó un chillido tenue cuando la vencía el sueño.

En la mañana, estaba tan inquieta que apenas pudo soportar el largo proceso de ser vestida y tomar el desayuno. Pidió permiso de jugar en el jardín. Su madre accedió, dándole un paquetito que contenía donas azucaradas. Buscó con cuidado al pájaro en los árboles, sobre el césped, caminando con cuidado para no pisarlo. Así llegó a un rincón donde crecían alcatraces en grandes cantidades. Los separó con las manos y vio algo que la conmovió: su ángel de la guarda yacía entre los alcatraces con los ojos entrecerrados y un ala llena de sangre.

El ángel parecía haberla visto, pero no se movía. Era muy feo y pequeño, del tamaño de Elsita. Un ángel de niños. Se llenó de terror al pensar que si su ángel moría nadie iba a cuidar de ella, y apretó las manos haciendo que el empaque de las donas crujiera. El ángel abrió los ojos y lanzó una mirada ansiosa a las donas. La niña abrió una esquina del empaque y el ángel estiró la mano, esperando el alimento. Levantó un poco su cuerpo adolorido, arrebató el paquete de donas y se las comió con todo y empaque.

Esa fue una señal. Elsa corrió a la cocina y extrajo toda clase de golosinas: galletas, dulces y una botella de plástico con jugo de naranja. Llevó las cosas en etapas, usando la falda como medio de transporte. Trabajaba de prisa, pero cada vez que llegaba el ángel se había comido todo. El jugo de naranja pareció gustarle mucho e hizo señas a Elsa pidiendo más. La niña negó con la cabeza y trató de explicarle que ya no había jugo en casa.

Habiéndose saciado, el ángel empezó a acariciarse el ala herida. Elsa acercó su pequeña mano y trató de tocarlo. El ángel se retiró. La niña vio las grandes manchas de sangre y corrió a la casa para pedirle a su mamá que lo curara. La encontró lavando trastes en la cocina, con el rostro descompuesto por la falta de sueño.

-¡Mi ángel de la guarda se cortó un ala! ¡Está tirado! ¡No puede volar!

La madre apenas giró la cabeza.

-Ayúdalo tú, yo estoy ocupada. Arriba en el baño hay banditas.

La niña subió las escaleras de prisa. Cuando estaba inclinada sacando las banditas, vio una caja de pañuelos desechables y la tomó. El sol estaba en lo alto cuando Elsita terminó de curar al ángel. En el ala herida brillaban las banditas. La sangre que manchaba los pañuelos desechables lucía de un rojo intenso. Eso fue lo último que la pequeña recordó. Nunca pudo precisar en que momento el ángel dejó el rincón del jardín, pero sabía que siempre la cuidaría como ella cuidó de él.

Al paso del tiempo Elsa crecía y se alegraba, pues su ángel se desarrollaba junto con ella. Lo sentía grande y fuerte, vigilándola. La adolescencia llegó y con ella las primeras dudas de la existencia del ángel. La universidad y la edad adulta no permitieron que aquellos recuerdos, hechos ya jirones, fueran parte de su realidad. El ángel había sido una fantasía infantil.




Estaba en París, dejándose seducir por un cuadro enorme en el museo del Louvre. Era el primer viaje que hacía sola ejerciendo su libertad de adulta. Miraba fascinada al ángel del cuadro: alto, rubio, fuerte. Los recuerdos le murmuraban que había algo de cierto en el pasaje de su infancia y la lógica le gritaba que eran ilusiones. Atrás de ella, un hombre tenía sus ojos fijos en sus manos adornadas con anillos muy valiosos. El hombre se tensó cuando Elsa volteó. Desvió un poco su mirada codiciosa, no sin antes haber captado la gruesa cadena de oro del cuello. La siguió durante horas en su recorrido por el museo. Cuando salieron a la calle ya estaba oscuro.

Elsa caminaba distraída rumbo al hotel, apretando las manos por las sensaciones que había despertado en ella, el cuadro del ángel. Su perseguidor acariciaba una navaja. La joven se desvió hacia un callejón estrecho, solitario, sumido en un silencio apenas interrumpido por los pasos detrás de ella. Su corazón se desbocó cuando volteó y vio la silueta amenazadora, y la navaja lanzando destellos de muerte. Se precipitó a la distante salida. Sentía al asaltante acercándose. Un grito se congeló en su garganta. Ante la cercana muerte, la mente se le nubló. Oyó un aleteo. Era fuerte, poderoso y provocó un viento que le alborotó el cabello. Las piernas se le doblaron y cayó de rodillas. Se cubrió el rostro y esperó el ataque.

Los pasos se extinguieron. Elsa quitó las manos de su cara y volteó. Su perseguidor yacía en un charco de sangre con la cabeza semidesprendida. A un lado, un enorme ser desplegó sus alas mostrando una cicatriz en una de ellas. Su ángel de la guarda había crecido. Sus recuerdos eran ciertos, y esa certeza la llenó de serenidad, mientras la mortecina luz de la luna iluminaba el gigantesco cuerpo de la gárgola.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Gorgona, Por Paco Pacheco



Estas líneas son idénticas a las que lanza un náufrago en el interior de una botella movido por la remotísima esperanza de que las corrientes marinas las conduzcan a alguna playa, a algún puerto, y de que, cuando eso suceda, del que las escribió no queden únicamente los descarnados huesos. Lo dicho hasta aquí, por lo demás, es inexacto: no serán huesos lo que hallen de nosotros, sino otra cosa.

Verá usted, a quien lleguen estos folios, a quien tenga el suficiente interés como para no lanzarlos al cubo de la basura... ¡Ah, la juventud eterna!, la que sin recompensas, sin halagos, sigue buscando y, hecho el hallazgo, sigue como si nada hubiera sucedido... Va a entenderme ahora: cuentan, y es una historia de nautas aventureros, que luego de vencer a la Gorgona o a la Medusa –que son dos palabras equivalentes que designan el mismo horror–, Perseo le cortó la cabeza y presenció cómo del cuello sangrante emergía Pegaso, el blanquísimo caballo alado (siempre me pregunté cómo es que en lo monstruoso puede albergarse no sólo lo fantástico, sino lo bello –y viceversa–). Pero me estoy desviando; usted disculpará. Esas reflexiones no son válidas porque no es este su espacio. Luego de que Perseo, el de los mil recursos, hubo degollado a la Gorgona, guardó con una delicadeza que rayaba en lo femenino, la cabeza. La guardó en una bolsa. Dicen que era de ver la ternura con la que la llevaba siempre, los cuidados que le prodigaba (y cómo no, si Medusa se convirtió en manos de Perseo en un arma nunca vista. Debió tratarla con el mismo cuidado con que el explorador inmerso en las llanuras del África trata su rifle). En fin: sólo después de vencer a la Gorgona, Perseo pudo darse el lujo, porque eso fue un lujo, de fundar la sabia y prudente Atenas. Esa es la historia que cuentan, mas debe usted saber que es exacta en el caso de Perseo, no en el de la Gorgona, porque nunca existió una Gorgona. No diga nada, no me replique aún: una revelación no es tal hasta que se cumple o hasta que se ha desentrañado el sentido oculto, el enigma que siempre encierra.

Nunca existió una Gorgona, digo, y hay razón para afirmarlo, al menos en el caso de estas tierras que habitábamos nosotros, y digo habitábamos porque ahora sólo estamos aquí... Varios de nosotros fuimos viendo cómo, uno a uno, nuestros amigos iban trocándose en estatuas de sí mismos hasta formar una gigantesca y alucinante galería que comenzó a extenderse por toda esta isla. Todo inició en el puerto de Inbrun, con el desembarco de aquel submarino norteamericano. A poco de su llegada, en el prostíbulo de Mama Stasia, ésta descubrió que sobre el lecho de Chacha Siby estaba su escultura y la del marino que la noche anterior subió con ella, adivine en qué pose... Pero eso no sólo no alarmó a nadie, sino que fue aprovechado de manera magistral por Mama Stasia: colocó la escultura a la entrada del prostíbulo y la clientela aumentó; cuando las esculturas de Peppo y otro marino fueron encontradas en uno de los baños del mismo prostíbulo tiernamente abrazados, y sin un calcetín, la Mama volvió a aprovechar la circunstancia y colocó la doble escultura en la puerta, al lado opuesto de la Chacha Siby, y la clientela no sólo aumentó al doble, sino que se diversificó, y Mama Stasia contrató un grupo numeroso de jóvenes bien parecidos y dispuestos, y las entradas en dólares se quintuplicaron en un solo mes. Ir al negocio de la Mama era una novedad hasta para nosotros: corría el vino sin mesura y tres orquestas tocaban, turnándose, toda la noche. Claro que ya para entonces la galería se había incrementado: parejas de esculturas sonrientes en un giro de baile, distribuidas estratégicamente en el salón; grupos de hombres en las mesas en el trance de un brindis nunca terminado; un grupo de muchachas en un sillón... ¿Pero a quién le importaba por entonces? A nosotros, que encontrábamos una novedad todos los días en casa de Mama Stasia, no.

   
Así seguimos hasta que Mama Stasia fue encontrada frente a la caja, contando para siempre unos dólares de piedra. Entonces sí, porque fue entonces cuando el fenómeno rebasó las puertas del congal de la Mama, comenzamos a preocuparnos. Y lo hicimos porque, de los siete que éramos, Galio quedó para siempre sentado en el autobús que nos llevaba de casa de la Mama a nuestro barrio, el mismo día que la encontramos a ella hecha una estatua. De los seis que quedábamos Manlio permanece para siempre recargado, con la rodilla flexionada, sobre un poste: esperaba a que llegáramos todos. Los restantes cinco, entonces, decidimos vivir en mi departamento para cuidarnos de una amenaza que ninguno sabía de dónde provenía ni cómo atacaba. Pero dos días después de lo de Manlio encontramos a Talio frente a la estufa, después de oprimir uno de los calentadores (el agua, incluso, se había consumido, y la tetera estaba al rojo vivo). Dalio, que fue quien descubrió el hecho, corrió hacia la salida del departamento y en el instante de abrir la puerta, con un alarido de terror en el rostro, quedó con la manija en la mano para siempre. Los que quedábamos salimos por la puerta entreabierta, llegamos a la calle sólo para descubrir aquella multitud de esculturas en las más extrañas poses: un hombre haciéndole parada a un autobús; el chofer del mismo, con el volante en las manos; un mendigo en cuclillas, con el brazo estirado hacia un viandante que nunca se detuvo... ¿Qué fue de los otros que quedaban conmigo? No sé: esto que pongo aquí es cuanto he presenciado. Pero sé decir, en cambio, que el peligro jamás estuvo afuera, como todos creímos, que cada uno de nosotros llevó desde siempre una Gorgona que lo fue haciendo, sin que se diera cuenta y desde adentro, una estatua de piedra.

   
Ahora estoy en lo alto de un acantilado. Antes de ser lo que no quiero, opto por el suicidio. Espero sólo que nadie más, fuera de esta isla, abra el camino a su Gorgona, porque no puede haber tantos Perseos como Gorgonas.

martes, 3 de noviembre de 2015

Augurio, Por Bea Cármina

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Era un tigre aleopardado, era un leopardo atigrado. Lo encontré un día cualquiera sobre el escritorio de la biblioteca de mi casa; en acecho. Su mirada de sable, sus colmillos húmedos, centelleantes, me provocaron mareos, como si la tierra se hubiera trastocado; creí desvanecerme, pero el pensar que la bestia acabaría conmigo si caía al suelo, me sostuvo en pie. Sus ojos hipnóticos me llamaban, desde el fondo de las entrañas de la tierra, me estaban llamando.
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¿De dónde había salido la fiera? Parecía estar en su casa. ¿Por qué en mi escritorio? ¿Estaba ahíto? ¿muerto de hambre? ¿Le recordaba a alguien? Me miraba como si yo le perteneciera, como si siempre le hubiera pertenecido.  ¿Sería para él sólo un bocado? El animal, magnífico en verdad, lanzó un rugido y sin más saltó al piano de cola, mi grito silencioso se perdió en palpitaciones de locura. La bestia buscó acomodo inútilmente, y tranquila regresó a mi escritorio, se acomodó sin prisas, alzó su pata, me la tendió, como si aguardara la proximidad de mi mano. 
En la panoplia, frente al escritorio, en exhibición la Fabbri, la MP7 de la Heckler & Koch, y la que para mí era la más bella, esa Beretta M-90. Busqué la llave con la mirada, calculé las posibilidades de abrir el mueble, tomar una de las armas y, disparar antes de que me cayera encima, ninguna posibilidad, me repetí, y sin embargo tenía que probar, no me abandonaría, sin más, al capricho de sus fauces, de sus garras. Un confín de azogue tras la sombra jade de sus ojos, me detuvo. El presagio se encontraba dibujado en la parte posterior de su globo ocular. De inmediato supe que ese augurio hablaba de mí, aunque la fiera lo ocultara velándolo tras sus ópalos de fuego y esmeralda, pulidos por milenios. Asimétrica su criptografía, era, sin embargo augur presente de mi futuro. El animal parpadeó, el tiempo se detuvo. Al abrir de nuevo los ojos, una lágrima resbaló por su mejilla. La Bestia aprovechó mi distracción restregándose los ojos, colocó suavemente su cabeza por entre sus patas y semejó dormir. Sentí enojo, El secreto de mi destino tendría que esperar, no lo dejaría alejarse sin haberlo desentrañado. 
En ese momento reparé en el reloj antiguo de cuerpo entero. iba a dar la hora. Me dirigí a éste con el hálito suspendido. El repiqueteo de las campanadas lo despertaría de súbito, y de seguro le provocaría una violenta reacción, tenía que impedirlo, tan sólo faltaban unos pocos segundos para la hora. Localicé la llave, se me cayó y deslizándose quedó bajo el escritorio. Me agaché, mis dientes castañeteaban. Cuando faltaban 10 segundos para que -9-, las campanas del reloj empezarán a sonar- 8-, pude abrir la puerta de vidrio esmerilado -7-, y detuve el badajo -6-, y las manecillas – 5-, el reloj se resistía con fuerza maquinal, -4-, giré el minutero para el lado contrario -3-, me di cuenta que de nuevo marcaban la misma hora,-2-, metí la llave con premura y le di cuerda-1-, hasta reventarla -0-...

Ya encontraría alguna explicación que darle a Juan Pablo sobre esa cuerda; inservible ahora. La llave en la puerta de entrada me hizo reaccionar. Cogí mi bolso y salí corriendo, de puntillas. Lo tomé del brazo como un vendaval, lo besé apasionadamente y lo saqué de casa, cuando volteé antes de cerrar con llave, la fiera estaba ahí, expectante. Un terror sobrenatural me hizo correr, desaforada bajé de dos en dos los escalones, corrí hacia el auto temiendo mirar atrás.

Seductora, conduje a Juan Pablo a su restaurante favorito. A la mañana siguiente salía a Roma. Le dije que se me antojaba escaparme esa noche con él al Four Seasons. Protestó porque tenía que recoger su maleta de casa.

Yo te la llevo en avión a Roma.

¿Y tu libro?

Ya arreglé todo. Esta noche es nuestra.

Me besó. Deslizó su mano bajo mi falda, al ver la mirada del pelirrojo de melena leonada sentado frente a nosotros, desdoblé la servilleta de tela y cubrí mis piernas, ahora entre abiertas. Disimulé mi placer riendo, convirtiendo mis ayees en suspiros entrecortados, la temperatura subía, como si el mercurio del termómetro fuera a hacerse añicos, no resistí más, sus labios sofocaron mi grito.

Pide la cuenta, ¡pídela!

Me refugié en el baño, respiré a profundidad sólo una vez, no quería apaciguar del todo mi excitación. Me dio un ataque de risa al recordar los ojos del pelirrojo, que al espiarnos parecían querer escapar de sus cuencas. Al salir del baño, ahí estaba el individuo, hiperventilado, me aguardaba, de un de repente sus manos estaban bajo mis nalgas, su torso incrustado en el mío, separé la cabeza con fuerza y lo mordí en el cuello.

Su aullido de dolor aún retumbaba cuando llegué junto a Juan Pablo,

le susurré: voy pidiendo el auto.

Esa voluptuosa noche me recordó las primeras algo olvidadas, podría decir que nos entregamos por entero si no hubiera sido por la imagen presente del hermoso animal y la profecía que me aguardaban en casa.

Desde luego que no tomé el avión la mañana prometida, ni al día siguiente, ni después del día siguiente.

Frente a mí escritorio coloqué una mesita. En lugar de mi
Apple, ahora bajo el peso aleopardado, tomé mi IPad para continuar la novela. Cada vez que alzaba la vista, la llama de sus ojos encendía mi fiebre en calosfríos.

Día a día me prometía develar el misterioso augurio, que de cuando en cuando se dejaba ver; no lograra descifrarlo. En ocasiones, era yo la que frente a la suya desviaba la vista.
La primera noche atranqué la puerta de mi recámara. 
Macintosh HD:Users:Beacarmina:Desktop:2929646-tigre-de-bengala.jpgInsomne, lo escuché rondar frente a mi puerta.

La segunda noche, atranqué la puerta de mi recámara.

Insomne, lo escuché husmear bajo mi puerta.

A la tercera noche, únicamente la cerré con llave.

Toda la noche arañó mi puerta.


Al quinto, la dejé entre abierta.

De seguro esa noche podría descifrar mi augurio, me dije. Esa luz que sólo de la sombra surge.

Sibilino, se apostó en el respaldo del sillón de piel de cabritilla.

Me rindió el sueño sin lograr descifrar mi sino.


Vislumbré, así lo pienso, más no lo sé, sé que no pudo ser, que no pudo haber sido, que sonámbula buscaba entre los dibujos de su piel, que mis dedos se entreveraban entre sus trazos, universo de zodiacos y lácteas. Sus negros círculos concéntricos, hurtadores de vida, me entrampaban al girar. Me extravié frente a circunferencias truncadas, reflejos de pasajes cabalísticos en busca de un yo interior perdido en retruécanos de sombras, cuyas energías se proyectaban en otros reinos sensibles, no materiales, se trasmutaban en rayas, en láminas de Rochard, en arcos de violines desbocados, sonidos tejedores de cuerdas, de caracoleantes conchas, de remolinos inconclusos en abultadas pinceladas. 
Setos amurallados me interceptaron, me embrollé en entradas sin salidas. Busqué y rebusqué en la profundidad de sus grabados, el enigma... 
Un rugido, un feroz rugido, me abrió los ojos que tropezaron con mis párpados aferrados a otros párpados, así pude verme con el corazón en la mano, cortadas de raíz arterias y venas de donde brotaban ríos de sangre que estampaban en mi cuerpo deseos aleopardados, desgarros atigrados.

Con esfuerzo logré atraer el corazón a mi pecho, muy a tiempo, pues se sucedió un abrir de párpados, unos tras otros, cada vez más acerados, multitud de ojos, de párpados diluidos, me arrastraron en torbellino hacia el fondo de un abismo.

A punto de quedarme sin aliento percibí mis manos acariciando mi cuerpo húmedo. Destapada de sábanas mi entrepierna. Inmóvil, la bestia me miraba. Sin pudor alguno, sin cubrirme siquiera, llegué a la ducha, tibia el agua se deslizó por mi piel, exudaba un olor varonilmente ácido, como de bestia. Aspiré con fruición un otro aroma mineral que serpenteaba subterráneo por mis venas, el recuerdo y el deseo me acuclilló y, yo me pasmé ante el correr del agua, sus caminos, encrucijadas y zigzagueos; su huida, que como lluvia de octubre deslavaba mi cordura abandonándome al prodigio.

Juan Pablo abrió la puerta y me llamó, fui hacia él para impedir que entrara. Entre el desconcierto, la furia y un sentimiento de alivio al verme sana y salva, me abrazó, besándome salvajemente.

El rugido atronador de la bestia a mis espaldas, me paralizó. De un salto cayó sobre Juan Pablo y de un zarpazo le arrancó la cabeza.

Se echó sobre mi, el golpe me dejó inconsciente, cuando abrí los ojos vi en los suyos claramente mi augurio: un cráneo humano, mi cráneo, dibujado minuciosamente en el interior de una calavera, mi calavera. Entendí el porqué de mi fascinación.
La muerte era mi reflejo.

Suspiré enamorada ante mi destino. Abrí sus fauces. La bestia no opuso resistencia. Introduje en ésta mi cabeza, rodee su cuerpo, sus hermosas grecas con mis piernas, los latidos de mi corazón se aunaron a los suyos, me dispuse a morir, con temblores esperé sus colmillos, ansié su mordida. Su aliento de fuego me provocó un orgasmo que se llevó mi memoria, mi ser, mi identidad, mi sin sentido.
¿Qué está haciendo? ¿Qué hace?Como si mi vida hubiera perdido importancia, la bestia separó su cabeza, la mía cayó al garete. Me miró sin interés alguno, desvió su mirada de mi urgencia.

Se retira.

¡Qué haces!, le grito, me levanto, me sacudo.

Tanto para nada, me digo al ver a Juan Pablo despatarrado y sin cabeza, los dedos de sus finas manos, mudos ya de conciertos y sinfonías.

Busco al animal por toda la casa, no lo encuentro, voy a mi escritorio, nada, lo llamo:

¡Bestia maldita! ¡Maldita bestia!.

La fiera ha desaparecido y con ella mi glorioso destino.

Y entonces comprendo mi error: el presagio era para Juan Pablo, yo sólo había servido de señuelo, por eso seguía viva. Lloro de celos, grito de rabia, me doy de golpes contra el escritorio hasta que el dolor me derrumba en sollozos.

Tomo la Beretta, la descargo en el cuerpo de Juan Pablo. En su rostro no, para no destruir sus facciones que aún me embelesan.
Tocan a la puerta, subo y bajo escaleras, no quiero abrir, ni asomarme siquiera, camino errática por toda la casa, no dejan de tocar, me decido, me asomo por una esquina de la ventana.

Macintosh HD:Users:Beacarmina:Desktop:frans-lanting-lion-panthera-leo-chobe-national-park-botswana.jpgEn la puerta, sin soltar el timbre, el pelirrojo de melena leonada, espera. Antes de abrir, tomo La Fabbri.


lunes, 19 de octubre de 2015

Basi, el disciplinado Por Matilde Martinez Santoyo



Nací hace muchísimos años. Mi padre era temido en toda la comarca porque convertía en piedra a quien se atreviera a mirarlo. En cambio a mi madre, la querían. Y a mi, siendo el unigénito, me acusaban de apocado y cobarde. Eso a mi padre, le ponía la cresta de punta, y sus ojos, ya de por sí rojos, centelleaban:

- Eres una deshonra para la especie -me gritaba, y yo me encogía.

Tiempo después mi padre, dándose por vencido, por no poder educarme como él quería, decidió llevarme con su familia para que me enseñaran las artes propias del género.

Me puse muy triste, las enseñanzas de mi madre eran tan diferentes a los deseos de mi padre  -ella nunca mató a nadie con la mirada-. Era yo muy pequeño y me sentía confundido.

Partí con mi padre a la casa de los abuelos. Agité mis alitas para despedirme de mi madre y nunca salió. Quizá, para que yo no notara su tristeza.

Caminamos, volamos y nos arrastramos durante una semana. Llegamos al pueblo de mi padre. Ahí todo era gris. La oscuridad reinaba la mayor parte del tiempo. Los abuelos no se sintieron muy felices de tener al extraño nieto con ellos. No era posible que un hijo de su hijo, fuera todo lo contrario a lo que se esperaba de los de su raza.

Decidieron que como fuera, me convertirían en un temible ejemplar. El entrenamiento fue duro. Los abuelos, siempre exigentes, concluyeron su labor.


Basi se irguió apoyado en su larga cola, abrió las alas y los miró.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Yohebund, Por Paco Pacheco



En tiempos muy antiguos, cuando el hijo de un líder cumplía 92 días, el padre cazaba un yohebund. Era éste un ciervo del tamaño de una liebre –el más pequeño, pero no el más veloz de los de su especie–, del color del fuego –según decires imposibles de confirmar, su temperatura media era de 62 grados, aunque podía llegar con facilidad a los 100, y causar, en consecuencia, incendios y devastación a su paso–. El cuerno derecho del animal apuntaba hacia la tierra y el izquierdo al cielo. El primer bocado sólido ofrecido al infante era esa carne, y debía alcanzar para alimentarlo durante los siguientes 31 días. Si se hacía así, al crecer y recibir el mando sembraría ruina y desastre entre sus adversarios; obediencia y mansedumbre incondicionales entre sus súbditos. La causa de la extinción de tan bizarra especie, sostiene la más creíble de las hipótesis, se debió al aumento de los hijos –naturales y legítimos– de los líderes.

Tal costumbre, según todo indica, inició en el período cromagnon, llegó a su clímax en la época de Ur, y existe la sospecha de que, a sugerencia de Alfons de Borja y Cavanilles, Isabel de Borja y Llançol, hermana suya, ordenó la cacería del último yohebund después del nacimiento de Roderic de Borja. Ciertos calumniadores, sin embargo, sostienen que aquel ciervo de fuego, a diferencia de sus antecesores, tenía el cuerno derecho apuntando al cielo y el izquierdo hacia la tierra, por lo que, queriéndolo o no, han arrojado la sospecha de que se trataba de un falso yohebund y, por tanto, algo de ilegitimidad hubo en los hechos, no sólo de Roderic, sino de esta singular familia valenciana cuyo lema fue Dieu et mon droit. (Por cierto, para quienes hayan olvidado el dato, Alfons pasó a la historia como Sixto III y su sobrino Roderic como Alejandro VI. Parece que para César, hijo de Roderic, ya no hubo yohebund en el viejo ni en el nuevo mundo, por lo que únicamente causó el desastre entre sus enemigos, sus seguidores y su misma familia, pero jamás la mansedumbre de incondicionales y súbditos.)

lunes, 27 de julio de 2015

La Bestia Nocturna, por Bea Cármina, La Urpillo



Desde pequeñito me sabía observado. Podía sentir sus ojos taladrándome en la oscuridad de mi cuarto. A mis chillidos de terror acudían mis padres, y en sus caricias consoladoras, y en sus fastidiosas amonestaciones en las que primero me tildaban de fantasioso, más adelante de miedoso, de insoportable, de cobarde, había un gesto de repugna; de negación hacia mí.

martes, 21 de julio de 2015

Convivio, Por Alicia Carbajal

No tenía por qué regresar, pero las manos del recuerdo me empujaron a hacerlo. En el quicio de la puerta el pasado estrechó mi alma. Di el primer paso.