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martes, 30 de junio de 2015

Dobles de José Manuel Ruiz Regil y Extractos de un bestial aviso de ocasión, Por Perla Schwartz

Un hombre se topa con su doble en las escaleras del metro. Decide seguirlo. El doble se da cuenta y trata de evitarlo. Entra a un café. Pide un americano. El hombre espera afuera. Ve pasar el tiempo. Alcanza a verse platicando con la mesera en el interior. El doble pide la cuenta, paga y abandona el lugar. El hombre lo sigue con más cautela. 


El doble entra al metro. Baja las escaleras y a medio camino se topa con su doble. Decide seguirlo. El segundo doble se da cuenta y trata de evitarlo. Aborda un autobús en sentido contrario. El hombre toma un taxi y ordena al chofer ir detrás del autobús. Luego de tres estaciones el segundo doble abandona el transporte. Se asegura de que no es seguido y se dirige a la estación de metro más cercana. En las escaleras se encuentra con su doble. Decide seguirlo. El tercer doble se da cuenta y trata de evitarlo. Sale corriendo de la estación y corre en sentido contrario al tráfico de coches. Va a abordar un autobús y al hacerlo se topa con el segundo doble al bajar. Ambos se miran desconcertados. Aparece el primer doble que baja del taxi y se reúne con los otros dos. Los tres dobles caminan por la acera tratando de explicar lo sucedido, cuando ven al primer doble salir de una cafetería mientras el hombre se queda pasmado, sentado en el escalón de entrada viendo que cuatro individuos iguales a él buscan una explicación de su multiplicidad. A pocos metros los cuatro dobles se dan cuenta del hombre y deciden seguirlo. El trata de evitarlos.

josemanuelruizregil@gmail.com


   


Extractos....

I

Soy un dragón desempleado. Me urge encontrar chamba, hace tiempo que dejé de ser fogoso. 

II 

Una Gorgona excedida de peso solicita un pedestal de cristal de roca para poder retar con valentía a una medusa caprichosa.

III

Unicornio con apremiantes necesidades económicas alquila su cuerno, éste es capaz de trepanar las cabezas de los cuadri/animales.

IV 

Elfo juguetón solicita un grupo de compañeros de farra, que sean capaces de gozar con él, las delicias de la luz mortecina de un bar.

V 

Experimentada arpía con un sex-appeal envidiable busca un desfile de modas organizado para gigolós. 

VI

Soy un enano algo gruñón. Busco urgentemente un antídoto contra el agua sulfurosa que sale de mi regadera. Todos los días me posee una nueva rabieta. 

VII

Me apena confesarlo pero soy un ogro desdentado y ya no puedo rugir a mis anchas. ¿Dónde hallaré una dentadura marfileña? Quiero volver a ser el de antes.

VIII

Soy un minotauro que quiere ser contratado para una corrida con horario estelar, sólo así lograré salir de un laberinto que amenaza en convertirme en un paciente psiquiátrico de por vida.

Continuará...






























viernes, 15 de mayo de 2015

La Arpía, por Carmila -Urpilla-



Uno de los peligros que vivían, cada determinado tiempo, los pobladores de ese mundo alejado de la civilización y sus tentaciones, era el de La Cacería Salvaje. Les estaba prohibido observar dicho evento, pues los cazadores eran muertos, almas perdidas o deidades y espíritus malévolos de ambos sexos. Ese grupo fantasmal de exploradores ataviados con indumentaria de caza, cabalgaban en corceles de ocho patas y perros-cabezas de cocodrilo asesino gigante, rastreadores certeros que en desenfrenada persecución a través de los cielos, a lo largo de la tierra o por subterráneos imposibles de indagar, aparecían de pronto y sin aviso.


Las personas que tenían la desgracia de estar en camino cuando esto sucedía, podían arrojarse al suelo y dejar que las flamígeras patas de los caballos las incineraran o bien abandonarse a esos hambrientos perros de dos cabezas o si tenían suerte, ser arrancados por la partida y pasar a ser un feroz integrante de la misma.

Fergusson, que había tenido la imperiosa necesidad de salir con su hijita esa noche de luna púrpura, vio con terror surgir de la nada La Cacería y únicamente tuvo tiempo de abrazar a su pequeña Becket. Paralizado por el terror contempló con ojos aumentados como aparecía en exhalación la llamada Arpía, cuya estampa se encontraba en los muros de las casas del pueblo y de la ladera de esa enorme montaña, sin que nadie, aseguraban, la hubiera pintado.

La Arpía, cuyo rugido levantaba espasmos telúricos, era la de múltiples mamas, de la que había escuchado hablar desde niño a su abuela, siempre espantada, siempre llevándole ofrendas de flores, granadas y carneros recién nacidos, a ese altar que los antepasados de sus antepasados habían erigido para rendir tributo a ese feroz monstruo de rostro de fémina velada, pero con garras de águila e inmensas alas de murciélago, cuya boca poseída de furia se abría descomunalmente para tragarse al mundo, si le apetecía.

Esa noche, frente a Fergusson y Becket, abrió su inconmensurable quijada, y en menos de un tris, tras, escupió los huesos humeantes y hediondos de los pútridos seres de esa Cacería Salvaje.

Fergusson escuchó estallar la risa clara de Becket cuando la brisa levantó apenas el velo del monstruo. Eso lo obligó a voltear a ver a su pequeña, precipitándolo a tierra sin sentido.

Cuando volvió en sí, su cuerpo era una temblona incontrolable. Fue cuando sintió las manitas de Becket, que aún reía, luchando por voltearle la cara y mirarlo de frente.

El rostro de su pequeña era de una belleza deslumbrante, idéntico al de la Arpía.

Cerró los ojos ante el temor de verla abrir su -quizás- inconmensurable quijada.